miércoles, 21 de febrero de 2007

Para el resto de mi vida.

Escucho entre sueños una voz que le decía: - si escuchas pasos y la voz de mi mama te metes bajo la cama, te imaginas lo que nos va  a pasar si nos encuentra juntos tan temprano por la mañana. Sus ojos no vieron el cuarto de soltero incurable sino una habitación con ciertos toques femeninos, a la derecha un ropero a la izquierda una colección de libros,  le hubiese gustado revisarlos, pero otras eran las prioridades.

Escucho pasos en dirección suya, semidesnudo, sintió frio pese que estaba cubierto con colchas y el cuerpo de su pareja, frio que se hizo miedo, recordó la vez que hecho cateador novel de minas casi se despeño en una de las montañas detrás del Illimani, la solidez de la soga  que lo unía a sus compañeros, le salvo la vida, un sorbo de alcohol y una palmada en la espalda le devolvieron el ajayu al cuerpo. En esa ocasión no sintió tanto miedo como ahora.

Rápidamente los recuerdos vinieron a su mente, mientras sus amigos de la fraternidad de caporales, sucumbían uno a uno ante los caderas cadenciosas de las féminas, entregando vida, corazones y billetera en el altar del matrimonio, el prefería ocasionales amores o parejas que no le exigían el anillo. Después de destrozarse el corazón en colegio, pues su pareja y la familia de ella se fueron a España a buscar mejor vida… tantas tardes se preguntó porque ella se fue y lo dejo con esa soledad eterna, por lo que tomo la decisión de no aferrarse a nadie.

Sigilosamente se metió bajo la cama de madera, no pudo disimular su metro con setenta y ocho centímetros en esa cama pequeña que fue grande para el amor, tuvo que doblar las piernas, contuvo la respiración cuanto se abrió la puerta. - ¿hija, a que hora has llegado anoche?. Busco el control remoto, encendió el televisor, sintonizo un noticiero. – A la una, mamita, era el cumpleaños de la Rosmery, le llamado a mi papa, para pedirle permiso. – ¿No me mientes, hijita?, ¿a esa horas has llegado?. - Si mamita, fue la respuesta segura. Su madre se retiro pensando que el ultimo año de la universidad, su trabajo de medio tiempo le permitían  a su hija tales libertades.

- No seas maricón, ven aquí, le dijo. Recibió un abrazo, caricias y los besos llenaron su rostro. Por unos instantes olvido sus temores. Escucho decir: - si vuelve mi madre, te ocultas en el ropero y no bajo la cama. Otra vez escucho los pasos. Como un gato de setenta y cinco kilos se metió en el ropero de tres cuerpos, agarro la puerta por dentro y espero. Su madre le trajo el desayuno, compuesto por café yungueño, jugo de naranja, pan de afrechillo, miel y azucar servidos en bandeja de madera sobre la cual estaban tazas, vasos y cucharillas. Madre e hija se pusieron a charlar y a comentar la vida de propios y ajenos.        

Sintió que el calor lo mataba, una chamarra de cuero femenina, los sacos largos y los sacos de paño conspiraban contra su libertad, empezó a sudar copiosamente, el aire mezquinamente le llegaba a sus pulmones, quiso desmayarse pero no pudo. Nunca una madre se mostro tan sorprendida, del ropero de su hija salió un hombre en paños menores, con el miedo a flor de piel se puso a gritar, al instante aparecieron su esposo, sus dos hijos, la hija mayor y la empleada.

Se armo un consejo de guerra, la madre y la hija sorprendida en falta se pusieron a sollozar, el padre y los hermanos estaban ofendidos, mas cuando dispuestos a cobrar el honor de la familia a puño limpio, vieron que cual leona enfurecida, la hermanita menor defendía a su pareja. La hermana mayor quiso pegarla y toda la familia escucho decir: - que todo a sido mi culpa, yo soy el único culpable y responderé como caballero, en dos días vendrá mi padre y pediré la mano de su hija. Como por arte de magia la familia se calmo, le trajeron el desayuno y le permitieron quedarse con ella.

Después de tantas décadas de felicidad compartida, con la cabeza cual montaña cubierta de nieve, tres vástagos y un nieta, en el lecho del hospital, tomando la mano de su esposa, victima de cáncer terminal, escucho de sus labios una confesión: - que aquella mañana, ella que lo había querido siempre no encontró otra  manera de estar junto a el para hacerle feliz el resto de su vida.

 

Notas:

Ajayu, en aymara, el alma.

 

x una ficción de Mario R. Duran Chuquimia.

El Alto, 19 de Febrero de 2007.